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Demagogos |
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:: 22 de noviembre de 2008
Demagogo:
que practica la demagogia. Demagogia:
degeneración de la democracia,
consistente en que los políticos, mediante concesiones y halagos a los
sentimientos elementales de los ciudadanos, tratan de conseguir o
mantener el
poder. Sólo hay que
encender la tele a determinadas horas para ver a algún politicucho camelándose a la plebe con el más propagandístico
discurso. Un chupóptero que promete el oro y el moro, que intenta
convencer a
los demás de que determinadas aberraciones políticas y jurídicas son
grandes
logros de la democracia y que manipula las estadísticas para ocultar
las
mayores chapuzas en la gestión de un país. En definitiva, un cantamañanas
cuya
principal virtud es vender la moto al personal. Todo esto puede
ser cierto, pero si estos charlatanes están
ocupando todas esas cómodas poltronas y se desplazan en coches
oficiales es
porque una gran parte de la ciudadanía les ha dado su voto. Decir a la
gente en
todo momento lo que quiere oír tiene un efecto embriagante, equivalente
a
tomarse unos vinitos. Muchos fulanos no están por la labor de escuchar la verdad y prefieren que
un fantasmón les
muestre la realidad de una forma más imaginativa y agradable, o lo que
es lo
mismo: parece que les gusta que les mientan como bellacos. Los demagogos
también son muy aficionados al discurso vacío.
Hablan por los codos y pueden estar una hora, dos, tres dándole al pico
sobre
un tema, pero sin decir nada en concreto. Se
abre un camino de esperanza y de progreso para nuestro pueblo, una
nueva etapa
con ciudadanos más libres y orgullosos de pertenecer a este gran país.
Vislumbramos un nuevo horizonte de democracia, de paz, de solidaridad y
de
tolerancia. ¿Qué leches es esto? Está bien echar un poco de
cuento en la
oratoria, pero basar el discurso en pamplinas como éstas es lo mismo
que vender
humo. Como ejemplo, he aquí un fragmento de la novela Fundación,
de Isaac Asimov. Tal vez el texto os recuerde a algunos
de esos tipos encorbatados tan dispuestos a aparecer en los medios de
comunicación. —
Pero, en ese caso — intervino Sutt—, ¿cómo se explican las seguridades
de ayuda que por parte del imperio nos dio lord Dorwin? Parecían… —
Se encogió de hombros—. Bueno, parecían satisfactorias. Hardin
se echó hacia atrás en la silla. —
¿Sabe? Ésta es la parte más interesante de todo el asunto. Admito que
cuando conocí a Su Señoría le tomé por un burro consumado; pero ha
resultado
ser un hábil diplomático y un hombre inteligentísimo. Me tomé a
libertad de
grabar todo cuanto dijo. Hubo
un alboroto, y Pirenne abrió la boca con horror. —
¿Qué pasa? —inquirió Hardin—. Comprendo que fue una gran violación de
la hospitalidad y algo que nadie que se tenga por un caballero haría.
Además,
si Su Señoría se hubiera dado cuenta, las cosas podrían haber sido
desagradables; pero no fue así, y yo tengo la grabación, y esto es
todo. Hice
una copia de ella y la envié a Holk para que también la analizara. —
¿Y dónde está el análisis? — preguntó Lundin Crast. —
Esto — repuso Hardin— es lo interesante. El análisis fue, sin lugar a
dudas, el más difícil de los tres. Cuando Holk, después de dos días de
trabajo
ininterrumpido, logró eliminar las declaraciones sin sentido, las
monsergas vagas,
las salvedades inútiles, en resumen, todas las lisonjas y la paja, vio
que no
había quedado nada. Todo había sido eliminado. »Lord
Dorwin, caballeros, en cinco días de conversaciones, no
dijo absolutamente nada, y lo hizo sin que ustedes se dieran cuenta.
Éstas son las seguridades que han
recibido de su precioso imperio. |
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