Vuelta a Fauna urbana 
 Fumadores

 

 




 

 

:: 10 de enero de 2009

Hace años estaba de moda entre los quinquis llevar el paquete de tabaco en el hombro, debajo de la camiseta. Algunos también acostumbraban a portar un peine en el bolsillo y a señalar con el cigarrito encendido. Eh, tú. Muchos de esos manguis no murieron de cáncer de pulmón, sino de diversas causas marginales y fortuitas (perdonad mi franqueza). No sé si algún listillo habrá utilizado esto como base para algún razonamiento falaz, de esos que nos intentan convencer de que algo no es malo; en este caso, el tabaco.

La verdad es que me da igual que la gente fume o no fume, a pesar de los muchos gastos que los adictos a la nicotina generan a la seguridad social. Lo que no me hace ninguna gracia es que el vicio de la mayoría de los fumadores perjudique a otras personas. Cualquiera que tenga una adicción, la que sea, tendría que ser capaz de no meter a los demás por medio.

Muchos tiparracos ven algo perfectamente normal, y propio de un ciudadano del siglo XXI, echar el humo en la cara del que tienen al lado. Deben creer que a los demás nos encanta esnifar sus desagradables y cancerígenos residuos gaseosos. Supongo que a esos maleducados sujetos, tan enganchados al tabaco que en ocasiones tienen los dedos amarillos, no les gustaría que un asqueroso borracho les echara el aliento en toda la nariz cada vez que se tomara un trago de güisqui.

En invierno tienen el detalle de dar a elegir a los demás entre respirar el humo de sus pitillos o pillar un buen resfriado. Sin ir mas lejos, en las numerosas reuniones familiares navideñas, después de la comilona, los hay que pegan sus ansiosas caladas en el mismo comedor, los hay que se van al balcón y los hay que se ponen a abrir las ventanas, al margen de la gélida temperatura de la calle y de que la calefacción ya hubiera caldeado el ambiente. Y es que el derecho a no constiparse de cualquier persona parece estar por debajo del de un fumador a saciar su ansia de tabaco. 

El vicio fumeta es tal que hay quien te pregunta si, bajando las ventanillas, puede fumar en tu coche durante un trayecto de unos quince minutos. Hay que tener morro, encima que se ahorra el dinero y la espera del transporte publico, el gañán, generalmente amigo de un amigo, viene con exigencias. Dicen que el síndrome de abstinencia tabaquero es como tener sed. Muy bien, pues yo creo que soy capaz de aguantarme un cuarto de hora sin beber agua y por descontado, en un viaje tan corto, no le voy a decir al conductor que se pare en un chiringuito para que pueda pedir un botellín de agua con gas.  

Por si fuera poco todo esto, está el tema de las colillas. No sólo no se conforman con tirarlas al suelo de las ciudades, sino que además te las puedes encontrar en la arena de las playas y en el campo, se trate o no de un espacio protegido. Incluso los hay que las arrojan encendidas desde el coche. Sin embargo, todo esto no quita que un porcentaje respetable de estos pájaros se las quieran dar de modernos sumándose a la preocupación colectiva por el cambio climático, fenómeno anteriormente conocido por calentamiento global. Destructivos a la vez que comprometidos, así son parte de los aficionados a deleitar al personal haciendo la “o” con el humo del cigarro.


 
 

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