|
La neutralidad es un valioso recurso que todos hemos empleado en alguna ocasión, especialmente cuando hay peligro de salir malparado por mediar en polémicas ajenas. Otras veces, simplemente, nos limitamos a mostrarnos neutrales, casi sin darnos cuenta, ante un hecho que no nos importa lo más mínimo. Pero hay personas que van mucho más lejos, su neutralidad parece no tener límites, siempre están a medio camino de todo, como el jueves. Me refiero a esos tipos que nunca hablan mal de nadie (ni bien), que no opinan sobre cuestiones políticas
(soy apolítico,
suelen decir) y que, incluso, por no tener preferencias no sienten debilidad por ningún equipo de fútbol, ni por ningún cantante.
Los neutrales nunca toman parte en las conflictos ajenos, cuando se les pide su opinión siempre responden, gesticulando con las dos manos:
yo no digo nada; de esta manera, siempre benefician a quien no tiene razón (debe ser todo un espectáculo ver a algún individuo de éstos declarando en un juicio:
no sé qué hago aquí, señoría, yo no sé nada).
Sin embargo, lo más llamativo de todo es que intentan conservar su neutralidad hasta en las discusiones más tontas
y distendidas, como, por ejemplo, un debate carajillero, un sábado por la noche, a propósito de la excéntrica y pudiente vida de Michael
Jackson.
¿Pero son neutrales de verdad?. Yo creo no, se puede ser neutral en muchas cosas, pero no en todas; por fuerza, alguna opinión tienen que tener cuando callan con cara de tontos. Yo opino (para no ser neutral) que, simplemente, intentan no
ponerse a mal con nadie, aunque, como he dejado caer antes, en determinados
conflictos, quedan mal con el que tiene razón.
La verdad es que tienen un poco de mala uva (por no decir que son unos bastardos, que es algo que queda feo). Pero existe, a mi juicio, una forma muy elegante de vengarse de ellos: cuando se vean envueltos en algún conflicto, siempre se les puede pagar con la misma
moneda (¿que te acaba de morder el perro de nuestro vecino?, pues yo no he visto
nada).
Página principal
| |